viernes, 29 de julio de 2022

El Sínodo requiere diferentes ministerios que ayuden al Pueblo de Dios para poder intervenir.

 El ministerio bíblico.

Sabemos que es urgente dar a todo el pueblo fiel un manejo sapiencial y pastoral de la lectura de la Palabra de Dios.  Ayudar a conocerla, entender su sentido profundo y aplicarla adecuadamente a los tiempos que vivimos, para discernir juntos los signos de los tiempos, en su dimensión eclesial y social, para que cada creyente vaya descubriendo el llamado de Dios en su vida y que esa invitación que está recibiendo sirva a la comunidad.  

El ministerio del discernimiento.

La cercanía espiritual con la Palabra de Dios tendrá que alimentarse constantemente con el ministerio del discernimiento.  Este es el que permite crear "discípulos del Espíritu" que tengan una experiencia personal profunda de Dios, sean creativos en su acción apostólica para responder a las necesidades de las personas y del mundo con generosidad por el don de su tiempo, sus esfuerzos, sus recursos personales, económicos y materiales. Ser "discípulo del Espíritu" significa vivir con gusto la colaboración con los demás, reconociendo en ellos el don de comunión que Dios nos da, pues todo proyecto por el reino es tanto más eficaz cuando más nos comprometemos a caminar juntos en proyecto común.

El ministerio de la ayuda para crecer en compromiso

Ayudar a acompañar los procesos formativos largos que hacen que pasemos de ser discípulos a ser apóstoles que anuncien con palabras y obras el Evangelio.Es ayudar a dar un salto en el nivel de compromiso, requiere superar nuestros temores, impedimentos o escusas para crecer según las posibilidades en donde hay más necesidad. Para esa tarea, primero fomenta el deseo del encuentro,que deja de ser casual y comienza a ser buscado y promovido. No esperar que el otro venga, sino salir a los caminos. En segundo momento se ayuda a encontrar la oración en medio de los encuentros con los hermanos, en las actividades y en las dificultades. La oración no se limita al silencio solitario en la capilla. Por último se trata de encontrar la vocación apostólica personal saliendo a la intemperie de la necesidad.  Encontrar hermanos con capacidad y talento, viviendo las penurias del abandono o la explotación, y aceptarlos como colaboradores para crear un mundo que sea reflejo del amor y la misericordia de Dios.

Para construir una Iglesia sinodal se requiere cristianos que queramos caminar juntos y un proyecto en común. Esto implica la capacitación propia y de los hermanos, asumir ministerios que sirvan para toda la vida cristiana y no solo para conocimiento de algunos privilegiados. Capacitarnos en la escucha de la Palabra de Dios, reconociendo el don que con ella hemos recibido.  Transformarnos en apóstoles lúcidos y entregados que descubren a Dios en su compromiso de vida.

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